Odio donde estoy. Odio que cueste tanto llegar hasta acá. Todo lo que tienes que transformarte para poder seguir la corriente de este mundo que se está cayendo. Estar en este país que no te deja ser, no te deja estar. Te obliga a crearte una máscara con la plata que te alcanza para poder llevar a diario la sonrisa idiota dibujada. Y así creer que eso es un progreso. Que pagues un pasaje de micro tan caro como está el kilo de pan. Que te obligue a mamarte una o dos horas de viaje para instaurarte en tu rutina de trabajo, que creíste que te ayudaría a salir adelante, pero cuando lo tienes te das cuenta que no te alcanza. No te alcanza ser nadie. Solo eres un dato en una tabla donde marca tu condición. Estudiamos tanto para ser una cifra de la estadística. Para ser una unidad de unos millones. Si despertamos de esta pesadilla nos duermen con represión o nos compran por un bono. El conformismo que nos instaura la televisión, hasta la misma universidad. Imagina el colegio, donde te enseñaron que lo que es la democracia, la igualdad la libre expresión. Se está sosteniendo por tu matrícula de 10 lucas, por una subvención que no alcanza para educar a más de 500 niños. Que más esperamos, si esa es la otra forma de acabar con el pensamiento crítico. La ignorancia es el enemigo más duro que enfrenta la conciencia. Si sólo supiéramos que es cosa de abrir un poco más los ojos y darte cuenta que nos sostenemos a base de nuestro propio esfuerzo, el de nuestras familias, que con trabajo extra nos compran un jamón un poquito más caro. Y así se quejan las autoridades de mi forma de protestar frente a un estado que se lava las manos con la pequeña clase que maneja nuestras vidas, la que maneja la economía, la que maneja la universidad en la que estudio. La que maneja lo que muestran los medios de comunicación, la misma naturaleza se ve invadida por esa clase. La raza pura de mi pueblo. Atacada, torturada por unos cuantos que se creen dueños de todo. La clase política gobernante y no, esos malos poetas predicadores que quieren nuestra confianza a cambio del poder que nosotros les podemos delegar. Y tan hueones somos que caemos y le damos lo que a nosotros nos corresponde constitucionalmente, la soberanía. Que entre pacto y pacto es imposible diferenciar lo que creo, ahora se mimetiza tan bien con lo que no. Somos ciegos sordos, mudos a veces, el individualismo nos está callando la boca, está acabando con nuestra conciencia de clase. La “cuestión” social tiene que ser el estandarte de lucha en las calles, en mi cotidianeidad. Si corto la calle abro una vía. Si, una vía que te abra los ojos y nos veas luchando frente lo que a ti también te compete, lo que también te hace daño. Si en la sociedad justa que me imagino en cada lucha también estás incluido. Mi lucha no termina con tu mirada fea, con que me des la espalda, con que subas tu tono de voz, con que te rías frente a mis palabras. Mi lucha termina con mi mano alzando la tuya para que de una vez la voz se haga unánime, y la vista sea dirigida a un mismo horizonte. Mientras tanto, que mi voz se pierda en la multitud, antes de seguir perdiendo mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario