sábado, 23 de octubre de 2010

Las manos me sudan y se duermen

5 de la tarde.
Metro Pajaritos.
Después de una tarde agotadora en la V región, llegaba a mi ciudad con el leve presentimiento de que el día acabaría de una forma distinta. Cruzando la calle, con el sol en la frente, mi celular comienza a vibrar. La sorpresa fue bien recibida, con un suave "hola, como estay" comenzamos la plática. Las risas se colaban mientras subía a la micro, los silencios cómodos se percibían y más de algún comentario seductor hacían ampliar la sonrisa y sonrojarme. Apenas estalló el "por qué no vienes, quiero verte" el hormigueo en mi estomago aumentó, aunque el cuerpo cansado quería solo recostarse un rato. con un leve "tal vez" me despedí de él. Intentando despejar la mente un poco y decidir lo que haría el resto del día. Un mensaje de texto me iluminó la razón "me quiero volar contigo". La idea de fumar me hizo bajarme tres paraderos antes de mi hogar, al cruzar la calle y acercarme a esos condominios nuevos donde vive aquel hombre que me hacía sentir única con sus palabras. Ni si quiera golpeé la puerta, con su sonrisa seductora y cómplice, se levantaba del pasillo en donde mantenía encendido un cigarro entre sus dedos.
- Sabía que te convencería - dijo besandome en la mejilla, como siempre, su olor me inundaba.
- Fué un día agotador, creo que lo merezco. -
Entre risas y miradas entramos a su departamento, algo sombrío, con ese olor que me encanta.
Tres personas más se hallaban en el living, un hombre con una mujer besándose y tocándose desesperadamente detrás del sillón, mientras la otra joven estaba haciendo un grueso "caño" en la mesa de centro. Con mi amigo nos sentamos frente a ella, se notaba que el ambiente distorcionado con la amada yerba se estaba yendo a lo más profundo.
Bebimos, fumamos, hablamos, no recuerdo que, pero los ojos cansados aveces se me cerraban, al igual que las ideas. Ya había pasado por lo menos sus tres horas, la joven que estaba haciendo el pito estaba durmiendo en el sofá del frente, mientras los otros dos habían salido a comprar y no habían vuelto.
Su mirada pegada a mi me hizo sentirme incomoda, y las palabras que se ocultaban para no salir, favorecían este silencio. Su mano rodando por mi cuello y unos susurros que no entendí me perturbaron. Ladeé mi cabeza, para no toparme frente a frente con él. Mientras mi corazón saltaba lentamente sentí que sonreía y respiraba cerca de mi rostro, causándome cosquillas, me alejé un poco de él diciéndole que me iría luego, y ahí no pude apartar mi mirada de la suya. Se acercó y cuando iba llegando a mis labios se apartó lentamente besándome en las mejillas, su mano rodeaba mi cintura. Me besó el cuello, y yo ya no tenía control sobre mí. Acaricié su rostro, le bese sus ojos, tierna y lentamente, respiré en su cuello mientras su mano iba bajando sigilosamente por mis muslos. Busqué sus labios y los encontré, los saboreé, su lengua cálida yacía jugando con la mía. Mi mano se iba perdiendo en su vientre, en su cinturón, y la de él en mi entre pierna. Se apartó de mí, levantándose, lo seguí con la vista, y me aferré a su mano. Si hubiese podido contar los pasos que nos llevaron a su habitación, no hubiese podido, el ardor que emanaba de mi entrepierna me consumía, y el hormigueo en las manos se multiplicaban y se retorcían como un estigma.
- Después de esto no querrás olvidarme.- me dijo acorralándome contra la puerta que acabamos de cerrar. Mis manos se colaban por debajo de su polera y recorrieron su espalda cálida.
Sus manos rodeándome los senos con una fuerza que los endurecía de la forma más increíble. Su respiración jadeante me estremecía mientras le sacaba la polera, toqué su torso, lo bese y el seguía jugueteando con mis pechos sobre la blusa. Mis manos se pegaron a sus caderas que yacía junto la mía. Bordeaba cada botón antes de sacarlo:
- Te vas apurar?, o me voy - mentí, realmente fastidiarlo en ese momento me excito más, su sonrisa maligna y su mirada seductora me cegaron por un momento mientras me besaba. Ya la blusa estaba en el suelo, sus manos perdiendose por mis pantalones.que se iban desvaneciendo lentamente.
- y tus manos? - me dijo después de morder mi oreja, comencé a desabrochar su pantalon, sin apuro, el calor que emanaba de su pelvis inundaba mis manos, su pene duro me hizo sonreír. Bajé sus pantalones acariciando sus muslos y su trasero con mis dedos. Su cuerpo ya bien pegado al mio me agitaba, sus manos sacándome el sostén se sentían calientes, al igual que su boca que suavemente saboreaban mis pezones.
La excitación quemaba cada célula, que hacían llegar a mi mente pensamientos rotundos de otras relaciones, pero esta la estaba disfrutando como si no hubiera nada más que eso. Sus brazos haciéndome prisionera de su cuerpo, me llevaron a su cama, me senté en la orilla y me besó, mientras románticamente me recostaba.
El sobre mí, no dijimos nada.
No recuerdo como nos desasimos de la ropa interior, solo permaneció el desenfreno en el que nos encontrábamos, mientras nos besamos, mientras rozaba su sexo duro y caliente, mientras cerraba los ojos y respiraba de su piel.
Él me gustaba, y me gustaba lo que hacía en ese momento, recorriendo mis piernas hasta su termino, jugar con mi clítoris, sumergiendo sus dedos por mi vulva húmeda. Respiro.
Su sexo entre mis manos, así comenzó una masturbación mutua. Nuestros ojos fijos entre sí, la respiración que respirábamos y los gemidos que nos entregábamos, me desataron. Me senté frente a frente con él y mordí sus labios mientras lentamente lo acechaba contra la cama. Los papeles cambiaron, ahora yo estaba sobre él. No me dijo nada. Abrí mis piernas sobre su pelvis, más bien, sobre su pene erecto, perfecto, y lo introducí en mí. Lentamente. Cerró los ojos al tiempo que comenzaba un suave movimiento, esos que comienzan a relajarte antes de los verdaderos choques. Mis manos en su cintura, Midiendo cada movimiento. Me estremecía, cada instante en que sus manos rozaban mis piernas. Cada vez que respiraba profundo, aumentaba la velocidad los gemidos me hacían entre cerrar la boca, mis manos sudaban en su vientre. No aguantó. Aferrándose a mis piernas se levantó, quedamos frente a frente, mientras los movimientos pélvicos se ponían más graves, más profundos, más desenfrenados. Me colgué de su cuello, su respiración agitada y entrecortada. Me tragué las ganas de gritar mientras el mordía mi cuello, me aferré a su espalda. El placer estaba en su climax. Su animal en mi jaula, estalló. Ni colores ni nada, el silencio que emana sobre nosotros es mucho más perturbante. Nos miramos, apenas rocé sus labios. Un hormigueo que recorría mi cuerpo, mientras pensaba que ese día había sido satisfactorio, en todos los sentidos. El cansancio acumulado me estaba pasando la cuenta.
- Me tengo que ir - le dije mientras intentaba separarme de él.
- Quédate conmigo - Me besó. Sonreí, mientras lo acariciaba. Pero, me alejé de él. Me vestí sin ningún apuro mientras el me observaba sentado en la orilla de la cama. Ya lista, me acerqué, le dí un beso en la frente. Me di media vuelta y cuando estaba abriendo la puerta de la habitación, me dijo:
- Cuando quiera venir, me avisas. - No volteé, si lo veía, las ganas de volver aumentarían al correr de los días, mientras mi cabeza pensaba en él, mi corazón yacía destruido por la frialdad de aquel momento. Asumiendo mi debilidad, reconociendo que puedo perdonar, que puedo superar el cansancio para no sentirme sola, que mi karma no era él.

El caminar, el viento en el aire, las mejillas saladas y las sensaciones que me hacen escapar son parte de mi vida, de mi pasado que está escondido en poemas de amor.

1 / 04 / 2010




Que chistoso es levantarte en la mañana con un dolor de cabeza perturbante por no haber dormido con tu almohada favorita, lavarse las manos y mirarse al espejo en silencio aproximadamente 10 minutos sin pensar. Que chistoso abrir la caja del cereal echarle leche y mirar como van flotando uno a uno, sentarte a comerlos en silencio, mientras recuerdas tu sueño o la última canción que escuchaste antes de dormirte, esta vez fue "Thunderball" si, esa Tom Jones pero en una versión de Mike Patton. Chistoso. Recordar a la última persona que abrazaste, o cuando te fuiste con las lágrimas aguantando en los ojos por despedirte de la gente que siempre ha estado contigo, o la que no, da igual, las despedidas siempre son así, aunque uno no quiera. Recuerdo hacerme la fuerte ante todo, la autosuficiente, la que quebró con la fiel rutina de una familia llena de éxitos y enfermedades "incurables". Chistoso, no? Levantarse de la mesa y lavar la taza y la cuchara que usaste, sentir el agua corriendo por las manos y no pensar, solo sentir ese frío que te recuerda a cualquier cosa sin importancia. Luego de ponerte la ropa y atarte a tu MP3 todo el puto trayecto a tu universidad, mientras miras por la ventana aquellas casas gigantes, esos edificios que tapan una hermosa vista a no sabes quien, los árboles que llaman tu atención y la gente enclaustrada igual que tu a su reproductor de música. Chistoso. Recrear escenas con tus "amigos", claro esos que perdiste, los que no te llamaron nunca más, los que con un fingido abrazo te decían que te extrañaran. Esos amigos. Mejor dicho tus NO amigos. Fingir estar con ellos bebiendo una cerveza o de esos licores fuertes que te gustan solos, o fumando medicina aliviadora de malos ratos. Que recuerdos. Tantos o más que quedan inmóviles a la nueva perspectiva que tienes, a esa de querer estar sola, es autoflagelación por sentir frío y no querer recibir un solo rayo de sol. Chistoso, que de esa que creíste fuerte, tiembla. Se acobarda frente a las muestras de afecto y se mete la idea de llegar luego a su casa para sentirse liberada por ese calido estado. Y se Rie. Se ríe de lo chistoso que se ve huyendo de cosas prácticamente normales para una joven como ella. Pero después no ríe, se irrita y se encierra en sus libros sobre la filosofía moderna del YO. Que culpa tiene el YO de que ella sea tan egoísta con su vida, no con los demás, con ella. Que oculta su rostro cuando ve a los tipos que le gustan, o las niñas lindas. Que goza viendo llover por la ventana, para sentir ese frío como si caminara por la ciudad desnuda. Quien la comprende, quien quiere ponerse en sus zapatos y caminar unas dos cuadras con su carga, con sus demonios que más allá de que haya sobrevivido, aun no la dejan. Y a eso le teme más que a nada. A su pasado contagiado.
Pretende olvidar y crearse un cuento nuevo. Para eso no necesita de su pasado. Solo se necesita un poco de frió, para que oculten esos ojos desesperados, esa manos cansadas de dar, ese corazón tan humano que no la deja crecer.